Fantasmagoría | Bogotá

Alejandro Sánchez

19 Agosto - 10 Octubre, 2021

Aunque suene poético no deja de ser cierto que han existido imperios erigidos por el poder del color. El dorado, por supuesto,  ha sido el más perseguido desde la antigüedad y se le confirió desde siempre y por consenso de la humanidad un valor económico y simbólico poderosísimo. Los fenicios se hicieron ricos abasteciendo al mundo antiguo del púrpura obtenido en sus playas, y los españoles en tiempos coloniales llegaron a apoderarse del monopolio del rojo mexicano extraído de los nopales, que llegaron a vender a un precio superior al del mismo oro.

Esa idea poética no es ajena al mundo actual. Gran parte de los productos alimenticios que se producen industrialmente contienen tartrazina, una sustancia que tiñe artificialmente las bebidas, las golosinas y hasta las carnes, y que gracias al poderoso atractivo que ejerce sobre los consumidores genera rentas multimillonarias a emporios que se benefician del uso indiscriminado de ese químico. El imperio del color llega incluso a penetrar las esferas políticas dictando y evadiendo legislaciones para seguir usando el colorante a pesar de su comprobada toxicidad. La paradoja del poder es que son los consumidores -para quienes todo entra por los ojos-  los que le otorgan el control a esos emporios en sus decisiones inconscientes e instintivas, lo cual reafirma la idea de que mientras el color siga rigiendo lo profundo de la mente de la humanidad también seguirá dominando el mundo.

Como un alquimista moderno, Alejandro Sánchez experimenta la tartrazina convirtiéndola en pigmento y a la servilleta en soporte, una decisión simbólica del artista que refuerza el vínculo entre sus obras y su indagación sobre la construcción de aquellos imperios económicos. Esos materiales le sirven para construir imágenes que revisan con nostalgia el pasado de las ciudades en proceso de modernización, especialmente la floreciente Bogotá de mitad de siglo. Pero lo que a la distancia parece ser una copia hiperreal de las fotografías de antaño es, visto de cerca, un patrón topográfico de montañas que se repite a lo largo de toda la superficie. Así, la pintura de Sánchez se convierte en una hipnótica ilusión visual y permanece como una imagen fantasmagórica en el medio de ambas distancias. De lejos, el retrato de una nación que construye su progreso concibiéndolo como infraestructura y ciudad. De cerca -leyendo entre líneas- el paisaje que es la verdadera riqueza es construido y suplantado con un tinte artificial, como una alegoría a la colonización de las multinacionales al territorio nacional.

Por eso Fantasmagoría pone en duda la veracidad de las imágenes y el relato que estas que nos cuentan. Como en las atrapantes imágenes de Sánchez, la historia y las paradojas de poder dependen de dónde se les mire.

 

Christian Padilla

Historiador de arte y curador

 

“Marx hizo famoso el término ‘fantasmagoría’, utilizándolo para describir el mundo de las mercancías que, en su mera presencia visible, oculta todo rastro de trabajo que las produjo. Echan un velo sobre el proceso productivo y, al igual que las pinturas de estados de ánimo, alientan a sus espectadores a identificarlas con sueños y fantasías subjetivas”.

Susan Buck-Morss

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