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Isabella Bernal

19 Agosto - 10 Octubre, 2021

Llevamos siglos escarbando el suelo, moviendo la tierra para enterrar semillas, esperando a que de su centro brote el alma y se transforme. Son siglos inventando rituales para celebrar los frutos que yacen indestructibles en las capas de la tierra.  La semilla representa una conexión cósmica que existe entre la tierra, la vida y el universo, funciona como un mecanismo de repetición, cíclico y análogo que inevitablemente está incorporado a nuestro cuerpo.

Ya va a ser un año desde que empecé a recoger los vestigios del alimento que quedaban atrapados en la rejilla del sifón. Un ejercicio aleatorio de selección de semillas que ocurría frente al mar. En ese momento, el roce con los demás me producía pánico, ni decir la saliva ajena. Intentaba esquivar las miradas en las escasas visitas al supermercado porque los ojos detrás del tapabocas me generaban incomodidad. En la casa, no había cómo prescindir de esas presencias anónimas. Tenía que enfrentarme a ellas en el grifo de la cocina e imaginar por cuántas manos había rodado esa comida para poder frotar, una a una, las frutas dentro de un mar de detergente. 

A partir de esa mecánica de selección y posterior ritual de revelado en un improvisado cuarto oscuro construí un diario fragmentado, interrumpido.  Se convirtió en un retrato de la exploración mutua entre mi cuerpo, la tierra a través de la cámara.  Las semillas fueron mi excusa. Con los días empezaron a secarse sobre una mesa de madera en el balcón, se arrugaban, cambiaban de color, se volvían otra cosa. Más allá de su valor reproductivo y de lo que podía ser su anhelo por volver a la tierra, ellas me estimulaban. Me sacaban de la lejanía. Sus formas me mostraban tensiones, fricciones y ambigüedades. En el fondo anhelaba el contacto, la fricción, las indulgencias como un salvavidas contra el miedo. Quería regresar a mi cuerpo, sentir que me volvía a pertenecer. La transformación permanente y rapidamente visible de las semillas me acercaba a esa materialidad y se me hacia evidente en el proceso de revelado, un ritual que deja huella, el polvo de los negativos que se manifiesta en la serie Semillas. 

Este ritual se volvió mi cotidianidad. El mar y las semillas, hicieron crecer mi deseo. Lejos de la luminosidad que nos seduce en las alturas, lo que este ejercicio de repetición significaba era un reencuentro con esos momentos en los que la vitalidad se manifiesta, era como impulso que me pegaba al suelo, que me invitaba a regresar a la plasticidad de mi cuerpo. Al fin y al cabo, los humanos buscamos reencontrarnos con las formas más primitivas; gemidos, arrebatos, agitaciones, contorsiones, muecas. Las semillas convocaban esa fuerza que vive en nuestras profundidades y en las de la Tierra, donde mora la roca, ese elemento hermafrodita que resiste y atesora a la oscuridad.   

Desde la sumisión a mi naturaleza quise imaginarme una existencia distinta. Pensar una humanidad guiada por las potencialidades de su cuero como fuente de creación, lejos de sus funciones biológicas. Reconocí la interconexión entre cuerpos como la base para reconciliarnos como sociedad pues la polaridad, el choque, la fricción son necesarias para desarmar la distancia que quiere instalarse en nuestra memoria muscular. 

Al final, habitar la tierra es dejarse caer; existir en el peso y el volumen de lo corporal. El cuerpo sostiene la vida. En la tierra acontece la vida. Ambos –cuerpo y tierra– se mueven por fuerzas involuntarias que constituyen el vivir.

Isabella Bernal - Artista

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