Tiempos del nunca

Jim Amaral

19 Febrero - 02 Abril, 2015

Jim Amaral: el visionario
Fragmento del ensayo por Gonzalo Márquez Cristo

Quien se aproxima al universo artístico de Jim Amaral advierte en primera instancia a una horda de viajeros cósmicos que ha decidido eternizarse en sus bronces, pero apartándose del imaginario alienígena, confronta a una legión de torturados y perseguidos, y a las víctimas de la incomunicación y del silencio. 

Sus creaciones podrían emanar del porvenir sideral pero más exactamente son la prueba de un tiempo fuente —perdido en la bruma de nuestro pasado—, perseguido a merced de los artilugios de la ensoñación: ejercicio que nos lega el prodigioso regreso a la infancia de la imagen, y claro, a la alborada de los ritos. 

El artista propende sin esperanza por el retorno del diálogo cósmico, sus imágenes están provistas de un mutismo insondable y aunque a veces ostentan enigmáticos mensajes tatuados en su piel en una lengua aún no inventada, siempre —en forma estremecedora—, tienen la certidumbre de que la urgente respuesta nunca se producirá. 

No es lo arcaico lo que el escultor intenta plasmar como lo ha dicho reiteradamente la crítica, sino el sobresalto inaugural. No es lo antiguo sino la primera eclosión manifiesta… Pues de existir una profecía del origen —un augurio del primer latido, un vaticinio hacia atrás—, tendríamos que acudir a estas visiones escultóricas si pretendiésemos elucidarla. 

Es en asociaciones viscerales que irrumpe el arte de Amaral, en las formas básicas del inconsciente donde navega su imaginación insumisa, porque allí lo mágico funda su espacio más fértil. Estos tótems vigilantes que han hecho de sus brazos alas frustradas y de sus pies raíces, componen un territorio escultórico que se ha venido configurando desde 1989, con piezas de edición única, pues el autor es radical crítico de nuestro mundo falsificado. 

La ilusión del movimiento alienta sus imperturbables creaciones de bronce: al abrir las puertas de sus pechos una caligrafía secreta nos sugiere una comunicación astral, al girar las ruedas que asisten sus piernas aprendemos que el desplazamiento es un espejismo, al presenciar la piel de un torso se evidencia una germinación vegetal, y casi siempre es fácil advertir el cruento itinerario que conduce a estas invenciones metálicas a la forma de una obsesión. 

Una iconografía hierática impone la ductilidad del tiempo. Sus figuras adquieren por el hechizo del arte existencia milenaria y la fuerza que las totemiza revela una insaciable hambre cósmica, y se podría pensar que en su vuelo vertical ellas entonan una plegaria a la Vía Láctea o a la Nada, o tal vez a un dios que nunca vendrá… 

Con frecuencia sorprendemos a sus seres antropomorfos en una mutación a pájaros o a creaturas bebedoras de luz, y en singulares ocasiones vemos numerosas ramas aflorando de sus cuerpos, pues la obra de Amaral es la apología de una metamorfosis inconclusa, es la proyección del ser hacia su límite, a veces provocada por impulsos aciagos y otras por la perseverancia interior, por el colosal intento de alcanzar una trascendencia galáctica. 

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